viernes, 6 de marzo de 2009

Cuando Alice se subió a la mesa (acabó en agua de borrajas)

Señalaba Irich Murdoch en El príncipe negro que “todo artista es un amante desgraciado. Y los amantes desgraciados quieren contar su historia”. Philip Engstrand, el narrador de Cuando Alice se subió a la mesa, no es un artista, sino un antropólogo que cuenta su historia de amante despechado. Y bueno, sí, se transforma en artista en tanto en cuanto terminará por convertirse en creador de su propio universo.

Todo empieza en la Universidad de California del Norte en Beauchamp, en el departamento de física. Alice Coombs, la novia de Philip, trabaja en la creación de un universo en miniatura (que en su inicio será un rastro de Nada imperceptible). El caso es que el experimento termina por evolucionar en un agujero de gusano que absorbe todo lo que se le pone a su alcance. O eso es lo que cabe colegir de los primeros ensayos; pronto se verá que el agujero de gusano tiene criterios específicos a la hora de decidir lo que se lleva y lo que no.
Desde el principio, Alice Coombs se obsesiona con el proyecto, hasta el punto de que siente una atracción por lo que han llamado Ausencia, atracción intelectual y física (en el sentido de que ella misma quiere entregarse al agujero de gusano y desaparecer en ese pequeño universo). Pero Ausencia no la acepta.

De la noche a la mañana, Philip Engstrand también se convierte en nada a ojos de Alice. No existe para ella. Pero Philip no se resigna a la pérdida y luchará por recuperar el amor de Alice. Sin embargo ¿cómo luchar ante semejante rival, ante algo como Ausencia?

Un físico italiano, Carmo Braxia, tiene la respuesta: el agujero de gusano es el reflejo sincero de la psique de Alice, de tal modo que el criterio de selección responde al gusto de la novia de Philip. Entonces, si Ausencia no acepta la entrega de la propia Alice, ¿es que Alice no se quiere a sí misma?


A grandes rasgos, sobre esto habla la novela de Jonatham Lethem, autor neoyorquino del barrio de Brooklyn nacido en 1964 que, antes de darse a un tipo de novela más social, publicó ciencia-ficción e incluso una novela post-apocalíptica como Amnesia moon (con la que David Lynch quiere tener un affaire cinefílico desde hace tiempo). Señalar también que, tras su artículo en The New York Time, Lethem se ha convertido en el embajador de Roberto Bolaño en EE.UU. (¡diciendo de él que era “heroinómano”!).

En Cuando Alice se subió a la mesa, Lethem vuelve a hacer uso de la ciencia-ficción (si es que los experimentos con aceleradores de partículas se pueden denominar así), mezclando novela de triángulo amoroso, novela de ciencia experimental y novela de campus (al estilo de Kingsley Amis, Malcolm Bradbury, Tom Sharpe y David Lodge).

Dado que la novela de Lethem se sirve del subconsciente para recrear un universo paralelo, podríamos emparentarla con Pensamientos ocultos de Lodge o con Neuromante de William Gibson (uno de los padres del ciberpunk). Pero lo que más nos recuerda es a la emblemática obra de Stanislaw Lem: Solaris. Si el doctor Kris Kelvin tiene que vérselas con un extraño planeta que en sí mismo es pura psique con capacidad de traer a la realidad lo que se desee, Philip Engstrand se enfrentará al dilema del amor verdadero e incorruptible que supone entrar dentro de Ausencia, la aceptación en ese universo tangencial (inestable y condenado a la extinción).
En la estela de Las Asombrosas Aventuras de Kavalier & Clay

Como la novela de Lem, Cuando Alice se subió a la mesa se presta a múltiples lecturas, aunque no llegan a la altura de la del autor polaco. Seré sincero si digo que no sé claramente qué ha querido contarnos Lethem con esta extraña fábula sobre el amor y los celos.

Hay momentos en su lectura que he pensado sobre lo que tenía de narcisismo la creación de otra realidad (en este caso de Ausencia), ya que su creador siempre está implícito. En el arte ocurre precisamente esto, con la suma interactiva del receptor, que aportará su experiencia, su bagaje cultural y su sensibilidad (un narcisismo mutual por cuanto una cosa no es sin la otra).

Cuando Alice intenta alcanzar a Ausencia (en la entrega postrada sobre la mesa), se está entregando a sí misma y, en un bucle de reciprocidad, a ese desconocido que está en ella: el subconsciente.

Esta interrelación de yoes es también la vuelta de tuerca del mito de Narciso que ya propuso Oscar Wilde en su microcuento El discípulo. Reconozco mi cariño por esta minificción del autor irlandés. La leí antes de los veinte años y desde entonces siempre la he tenido como un ejemplo a seguir a la hora de crear nuevas ideas (o hacer que parezcan nuevas) partiendo de los mitos clásicos. La historia de Narciso es harta conocida. Wilde nos dice que tras la muerte del efebo, el paisaje lloró (de esas lágrimas nació la famosa flor), pero también lloraba el río en el que Narciso se miraba, por motivos diferentes, todo hay que decirlo:

—Si yo lo amaba —respondió el río— es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.

Podríamos decir que Ausencia es el río del mito de Narciso, y el narrador de la historia, Philip Engstrand, atraviesa el espejo que le brinda la Naturaleza. Desde el otro lado, el protagonista nos dice:

Me había librado del problema del observador sólo para dar paso al problema, quizá más peliagudo, del pensador.

La novela de Jonathan Lethem es un ejercicio arriesgado de novela amorosa y metafísica, y aunque en algunos momentos de la lectura podamos pensar que la cosa promete, que nos va a desvelar algún misterio desconocido, al final se queda en fuegos artificiales (en agua de borrajas, si queremos volver al mito). Sólo eso.

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