viernes, 6 de febrero de 2009

Ahora sabréis lo que es correr (aunque todavía no lo tengo claro)



A Dave Eggers (Boston, 1970) le podemos situar dentro de la nueva hornada de autores que están redibujando la ficción estadounidense, junto a Jonathan Lethem, Michael Chabon, Jonathan Safran Foer, Chuck Palahniuk o el malogrado David Foster Wallace, por nombrar algunos. Obras como Ahora sabréis lo que es correr o Qué es el qué, le han encumbrado como un escritor preocupado por su entorno y la influencia no siempre positiva que ejerce Estados Unidos sobre el devenir del resto de países que conforman la realidad sociopolítica y económica de este planeta. Esto se entiende porque nuestro autor no cierra los ojos ante lo que es evidente: que el concepto de aldea global o globalización es hoy una realidad, y que todo está conectado para mal o bien gracias a un progreso tecnológico que ha reducido las distancias entre los distintos países, lo que no quiere decir que nos comprendamos los unos a los otros.



La novela que nos ocupa aquí vio la luz en Mondadori en 2004, en una traducción de Victoria Alonso Blanco, y ahora acaba de salir en edición de bolsillo. Ahora sabréis lo que es correr transcurre a salto de mata, en una suerte de road movie y de (¿por qué no?) air movie, en lugares tan dispares como Senegal, Marruecos, Inglaterra, Estonia o Letonia. Es la ruta improvisada de dos personajes quijotescos cuya descabellada intención es deshacerse de 80.000 dólares en tan sólo una semana repartiéndolos entre los más pobres.



La narración (en primera persona) viene a cargo de Will (el caballero de marras), y su escudero particular es Hand, amigo desde la infancia que no tiene otra cosa que hacer que seguir la corriente altruista de Will. Señalaríamos a un tercer personaje, ausente, llamado Jack. Aunque seis meses antes muriera en un accidente de tráfico, su presencia, en el recuerdo, es constante.

Las comparaciones con el Quijote son obligadas, pero sería tontería detenerse en estos paralelismos. Baste señalar cómo comienza la novela, con un Will con el rostro desfigurado después de sufrir una somanta de palos. Y las huellas de su dolor las llevará a rastras por los países indicados, como buscando la penitencia para reconstruirse, consciente de que la vida es demasiado frágil y que se puede romper en cualquier momento.

La narración es vertiginosa, dramática unas veces, hilarante otras. Los protagonistas se dejan llevar por su desprendimiento y se ven en situaciones comprometidas, ya sea huyendo de unos supuestos asesinos, acosados por la corrupción policial o manejándose con los oriundos de las zonas que visitan.

La novela tiene sus aciertos y sus errores. Es interesante la forma de enfrentar a dos estadounidenses con culturas y países que no comprenden, porque se intentan analizar las cosas desde su punto de vista occidental (o de primer mundo). Sin lugar a dudas Eggers busca criticar el comportamiento de muchos turistas, ociosos que pasan una semana en un país del África y sólo se llevan como recuerdo malentendidos.

El planteamiento de deshacerse de 80.000 dólares es interesante. Sabemos cómo los ha conseguido el narrador, y aunque podemos imaginar el porqué de tanta generosidad, en realidad no terminamos de comprender el sentido.

Luego están esas composiciones fotográficas que recuerdan a Sebald, pero que vamos, otro sinsentido, innecesario.

¿Y las versales del principio? Uffff, no sé, no sé…

Como conclusión: las cosas no son lo que parecen (viene a decirnos Eggers), y en el caso de esta novela, sucede lo mismo; lo que parecía una interesante propuesta, al final es otra cosa muy distinta. Uno tiene la impresión de que ha perdido el tiempo y desea salir corriendo a la librería para que le devuelvan el dinero.

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